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Todo empezó hace más de un siglo.
Corría el año 1902 cuando mi tatarabuela empezó a preparar una tarta de queso sencilla, humilde, hecha con lo que daba la tierra y con el tiempo que solo tienen las manos pacientes. No era un postre para vender, era una tarta para la familia. Para celebrar. Para cuidar.
Esa receta pasó a mi bisabuela en los años 30, en una cocina pequeña, con ingredientes medidos a ojo y secretos que no se escribían.
Después llegó a mi abuela, en los difíciles años 40 y 50, cuando cocinar bien era un acto de amor y de resistencia.
En los años 60, la receta llegó a mi madre.
Ella la guardó como un tesoro. Era una receta cerrada, casi sagrada, que siempre había pasado de mujer a mujer. No se enseñaba. Se protegía.
Yo crecí viéndola hacer esas tartas.
Las miraba enfriar, las olía antes de tiempo… y más de una vez me las comí a escondidas.
Alguna de esas veces me llevé una bofetada.
No por la tarta.
Sino porque aún no era digno de la receta.
Pero yo insistía.
Me quedaba en la cocina. Observaba. Probaba. Fallaba. Volvía a empezar.
Intentaba copiarla sin tenerla.
Hasta que un día, sin decir nada, hice una tarta.
Mi madre la probó en silencio y luego me miró. Tenía los ojos vidriosos, se levantó del sofá y me acarició la mejilla,
entonces entendí que aquella receta no se heredaba por sangre, sino por respeto, paciencia y amor por el detalle.
Fue entonces cuando me pasó la receta original.
Una receta con más de 120 años de historia.
Desde ese momento, empecé a cuidarla… y a hacerla crecer.
Sin traicionar la receta, sin disfrazarla,
Solo llevándola a un lenguaje más actual, más fino, más gourmet.
Hoy nace Mamácheesecake,
tartas de queso artesanales, elaboradas con ingredientes ecológicos y de origen nacional, huevos ecológicos, miel natural y quesos de aquí, de la tierra. Tartas de queso hechas con la misma paciencia de entonces y la mirada de ahora.
Porque lo gourmet no es inventar algo nuevo.
Es estar a la altura de lo que te han confiado.
Yo soy ese niño.
El que con ocho o nueve años prefería quedarse en la cocina antes que salir a jugar. El que ayudaba a fregar platos, a tender la ropa, a hacer la compra… solo para poder estar cerca del horno, cerca de la Francisca y su tarta de queso.
Mi madre era muy recelosa cuando hacía sus tartas de queso, no le gustaba que nadie la mirase, aunque yo la miraba igual, mientras fregaba los platos o pelaba las patatas.
Observaba en silencio, cómo elegía los ingredientes, cómo los trataba, cómo los respetaba.
No usaba cualquier cosa, si hacía falta ir a buscar leche fresca a una granja, se iba. Si los huevos tenían que ser buenos, de gallina de corral, ella los buscaba, elegía los mejores.
Entonces no se hablaba de «ecológico», pero lo era, porque era natural, porque era de la tierra.
Recuerdo aquel horno antiguo, de los de antes. Recuerdo los tiempos de espera. Recuerdo el olor que llenaba la cocina.
Y recuerdo aprender sin saber que estaba aprendiendo.
Nunca he estudiado pastelería. Nunca he estudiado repostería. Nunca he ido a una escuela a estudiar cómo hacer postres.
He aprendido mirando, observando, equivocándome y volviendo a empezar, guardando una receta que no estaba escrita en ningún papel, pero sí muy dentro de mí.
Durante años esa receta estuvo ahí, dormida. Hasta que llegaron las dificultades. Las económicas. Las de sobrevivir. Las de tener que salir adelante, reinventándote.
Y entonces pensé en mi madre, en su receta.
Empecé a hacer sus tartas, a recordar sus ingredientes.
Al principio no salían bien, ninguna salía perfecta, pero cada vez les ponía más ganas, más tiempo, más mimo, más cariño y más amor a la hora de hacerlas.
Porque yo no hago tartas en serie, yo hago una tarta para una persona, porque para mí cada tarta es única, como quien la compra.
Con el tiempo, mis tartas empezaron a gustar, primero a mis amigos y luego a vecinos, y a más vecinos. Tanto, que pude abrir un pequeño obrador en el centro de Madrid. Pequeño y humilde, construido con esfuerzo e ilusión.
Y funcionó.
Después llegó un obrador más grande. Un espacio donde hoy elaboramos todas nuestras tartas de queso artesanales, con mi toque gourmet, sin perder nunca lo casero, lo hecho a mano, lo aprendido en aquella cocina.
Nunca he olvidado la receta de mi madre. Nunca la olvidaré.
Por eso mi marca se llama Mamá Cheesecake.
Porque todo empieza ahí. Porque todo vuelve ahí.
Mis tartas están hechas con amor. Y se nota.
Porque disfruto haciéndolas.
Y quiero que quien las pruebe las disfrute tanto como yo cuando las elaboro.
Esta es mi historia.
Y esta es la historia que hay detrás de cada tarta.
Ángel Ruiz
Fundador de Mamá Cheesecake